... pero no trataré de hacer algo poético, sólo sincero.
El 7 de febrero queda nuevamente marcado por una muy triste despedida. Hace justo un año, el océano nos arrancó a Daniel, para devolverlo horas después sin alegría, sin música, sin vida. Sigue en nuestra memoria y nunca falta alguna canción, algún comentario en facebook o alguna foto perdida para que lo recordemos constantemente.
Hoy, el encuentro súbito en el cubo de las escaleras del CEPE con una foto de una amiga muy querida y la leyenda "En recuerdo de nuestra compañera Teresa del Castillo Negrete, 7 de febrero de 2012" me dejó momentáneamente paralizado. Aunque la sorpresa y la incredulidad fueron menores en este caso dado el tiempo que llevaba enferma, no son maneras de enterarse.
La última vez que la vi fue en la comida de navidad del año pasado, en la que además se inaguró una exposición en su honor, formada por unas cuantas de los cientos de fotos que tomó durante su trabajo en este lugar. Su pequeñez y debilidad se vieron borradas frente al rostro de emoción que tenía mientras la presentaban.
Que raro suenan las palabras "pequeñez" y "debilidad" cuando se habla de Teresa. Si algo tenía era un físico y una personalidad imponentes. Cuando platicaba, era imposible no enterarse de lo que decia y bastaba con voltear a verla para darse cuenta por qué. Por si fuera poco, era de esas personas que se movía protegida por la coraza de sus propias convicciones. En muchas no concordábamos, y siempre las defendía con la espada desenvainada aunque con el respeto de que yo pensara distinto.
Por desgracia, uno de esos puntos discordantes era su permanente relación con el cigarro. Si bien el cáncer que se la acabó en cuestión de meses no empezó por eso, creo que su lucha habría sido muy distinta de no verse debilitada internamente por cada uno de los miles de rollitos de tabaco que se fumó tan orgullosamente. Y me viene a la mente el caso de un amigo que en este momento está hospitalizado por un problema en los pulmones, no precisamente causado por el cigarro pero sí con el comentario de su cardiólogo: "habría sido menos grave si no hubiera fumado tantos años". Y eso que lo dejó hace más de cuatro.
Al igual que hace un año, me quedo con un vacío generado por una persona que, a final de cuentas, conocí bastante poco pero me marcó mucho. La amistad y el apoyo que me brindó desde mi primer día en el CEPE son dos de las cosas que me definen hoy.
Termino esta destilante aportación acompañado por las creaciones de una de las figuras que considero más inspiradoras y quien, curiosamente, ayer cumplió 31 años de haber muerto: Bob Marley.
A pesar de que el proyecto ha avanzado más que en su edición anterior, la parte de escribir diario en el blog no ha funcionado tanto como me gustaría. Aunque esta entrada parece más acorde a los comentarios que pongo en la lista de 101 cosas, me pareció importante agregarla en el blog, primero porque me ayuda a aumentar el número de entradas y, segundo, porque sirve de prueba para verificar que los pequeños cambios que he agregado están funcionando bien. Por lo mismo que no es un comentario realmente oficial, no creo que merezca ser compartido en facebook.
Dentro de las excentricidades que sacaron los hermanos Coen en sus primer años como cineastas, sin duda una de las mejores es The Big Lebowski. El elenco está plagado de varios de los actores que han trabajado con ellos en varias otras películas, por ejemplo John Goodman (Barton Fink, The Hudsucker Proxy), Steve Buscemi (Fargo, Paris je t'aime) o John Turturro (Barton Fink, O brother, where art thou?). Sin embargo, el actor principal, Jeff Bridges (Tron, Tideland), sólo había realizado esta película con ellos hasta 2010 en que trabajaron juntos en True Grit. La historia consiste básicamente en cómo un hombre tranquilo, pacifista, que se dedicaba a jugar boliche y fumar mota, se ve enredado en una serie de aventuras al ser confundido con un millonario con el que compartía nombre y apellido. Esto lo llevara a toparse con una serie de personajes cada vez más extraños en un berenjenal en el que nadie parece saber a ciencia cierta qué está sucediendo y Dude tiene que descubrir junto a sus amigos la forma de recuperar la vida tranquila que llevaba antes de que unos mercenarios le orinaran el tapate que le daba unidad a su sala. Lo que más llama la atención es la magnífica actuación de todos, ya sea que tengan un papel principal o que sólo estén ahí para darle un poco de vida a la historia, como es el caso de Jesus, el personaje de Turturro, o el vaquero que narra la historia.
El periodo vacacional es un buen momento para iniciar proyectos e intentar cosas nuevas. Este verano no ha sido la excepción y hemos aprovechado para cocinar cosas que nunca habíamos hecho, ir a eventos a los que no solíamos ir, entre otras cosas. Pero, en lo personal, uno de los eventos más importantes es la implementación de una nueva lista de cosas que hacer en los próximos 1001 días.\nDe hecho, esta entrada en el blog se debe a uno de los puntos que ahí aparecen.
Como bien sabemos, mantener un blog actualizado no es algo muy sencillo pero por lo menos el proyecto y la intención ahí están. De todos modos falta mucha programación para que esté al 100% y veré la forma de implementar diferentes herramientas conforme se vaya necesitando.
En fin, esperemos que este sí sea el inicio de una larga amistad con mi blog.
Con esta entrada doy inicio a un nuevo blog. Buena parte de los contenidos anteriores se perdieron definitivamente (adiós a los inicios de doña Jauría), los demás siguen dispersos en diferentes lugares de este sitio. Espero ahora sí ser constante en las entradas que vaya poniendo; bien dicen que la tercera es la vencida.
Una diferencia entre los blogs anteriores y este es que la nueva versión está completamente programada por mí -de ahí que se vea medio chafa- y la idea es agregarle funciones conforme pase el tiempo. Por lo pronto todos pueden opinar y poner comentarios. En estos días le pondré un sistema para filtrarlos y para que nada más la gente que se registre pueda comentar, pero con las demás ocupaciones no creo que esa en estos días. Estén al tanto.
La segunda parte del título se debe a que entre el 7 y el 8 de este mes murió un amigo, Daniel Ordóñez, engullido por el océano Pacífico (demostrando una vez más lo ridículo de su nombre). Desde ayer en la noche, cuando me enteré de la tragedia, he pensado mucho acerca de la fuerza de la amistad. Conocía a Daniel desde hace aproximadamente trece años aunque la naturaleza de nuestra relación se había constituido principalmente por largas conversaciones acerca de música, juegos de rol y deportes en diversas fiestas y reuniones. Y aunque el aprecio es grande y genuino, Daniel estaba muy abajo en la lista de amigos a los que recurriría en caso de necesidad. Sin embargo, en varias ocasiones se me ha cerrado la garganta al recordarlo y decenas de veces me he metido a su facebook a leer los comentarios de despedida que le han puesto sus amigos. Tan magnética era su personalidad que su partida le ha afectado de una forma tremenda incluso a sus amistades circunstanciales, como yo.
Otra de las cosas que he estado meditando a lo largo del día es la forma en la que facebook ha modificado nuestra forma de relacionarnos, algunos dirán que para mal, yo creo que en general de forma positiva. En lo personal, me ha permitido acercarme a muchos amigos de los que no sabía desde hace muchos años -aunque para mí su amistad ha seguido vigente-, me he enterado de la vida de familiares que viven en provincia y en el extranjero, he compartido y aprendido con aquellos que frecuentemente suben videos, canciones y noticias y les he podido comunicar, a todos, mis sentimientos y apoyo en momentos importantes (cumpleaños, hijos, titulaciones, pérdidas en la familia, etcétera). Pero no me había tocado la faceta de repositorio para el adiós final. Es muy duro pensar que las palabras de despedida de la gente que lo quiere no llegarán a los ojos a los que están destinadas. Y al mismo tiempo es una forma de conservar por siempre (o hasta que los administradores de facebook decidan limpiar sus servidores) esos mensajes para que los podamos leer cada vez que nos haga falta. Mucho mejor que las esquelas, los libros de funeraria o las palabras pronunciadas en un velorio.
Pero bueno, si me sigo de largo me quedaré sin cosas que poner en futuras entradas. Sólo me queda decir "adiós, Daniel, y muchas gracias por lo aprendido y compartido en horas y horas de conversación".