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El Territorio

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...al reto Vikingo

Deportes - 2012-12-07 12:14:50

Pocas cosas pueden afectar tanto la noche previa a una carrera como el insomnio. Bueno, si consideramos una salmonelosis, un cuadro súbito de influenza o una inesperada necrosis en la pierna derecha tal vez sí son muchas cosas, pero dentro de lo cotidiano, una noche en vela sí es bastante molesto. Como no tiene sentido narrar los pensamientos que cruzaron por mi cabeza durante esas horas, me parece interesante mencionar algunos antecedentes que llevaron a mi inscripción al Reto Vikingo.

Hace poco más de un mes, recibí en la mañana otro correo electrónico de Emoción Deportiva en los que normalmente envían publicidad de todas aquellas carreras a las que no me voy a inscribir. En esta ocasión, el evento de tipo “lee los detalles, considera inscribirte por 30 segundos, marca como leído y borra” consistía en una carrera llamada Spartan Race. Durante el tiempo reglamentario de consideración tuve la oportunidad de ver las fotos que venían en la imagen, tres casos de personas atravesando obstáculos y enlodados hasta el copete; sólo se veían los ojos y la boca que lograban mostrar gozo y felicidad infinitos. Antes de pasar a los dos últimos pasos del ritual, se me ocurrió dar clic sobre el anuncio. Ese pequeño acto que estamos tan acostumbrados a hacer, delicado, casi imperceptible excepto por los detectores de mentiras más sofisticados, abrió ante mis ojos un mundo nuevo lleno de posibilidades.

Para la noche, ya había visto algunos videos, decenas de fotos, revisado a conciencia y gustado su página en Facebook, inscrito a la lista de correo de los entrenamientos del día (Workout of the day o WoD) y leído los dos primeros capítulos del libro escrito por los creadores y organizadores el cual lleva por título “You’ll know at the finish line. A Spartan guide to the sport of obstacle racing”. Ese día me fui a dormir con la certeza de que voy a competir en la primera carrera que harán en México el 16 y 17 de febrero del 2013. A la mañana siguiente hice lo que llevaba cinco años queriendo hacer: después de los ritos matinales preparé mi mochila, agarré la bicicleta y me lancé al club para hacer mi primer WoD. Desde entonces, la Spartan Race se ha vuelto una parte de mi vida.

Dentro del conjunto de eventos azarosos que nos acompañan día con día, sucedió que aproximadamente media semana después, al subirnos al elevador del club dispuestos a hacer el clásico ejercicio nocturno, Laura me dijo “¿Ya viste?” mientras me señalaba uno de los muchos letreros que suelen pegar en los muros metálicos para dar informes a la comunidad aprovechando el ascenso o el descenso que suelen ser bastante lentos. Al voltear, vi unos cuerpos enlodados cruzando obstáculos que en vez de anunciar al pueblo griego, se habían movido cientos de kilómetros al norte y unos quince siglos después bajo el reto “¡Atrévete a sacar tu lado vikingo!”. Estoy seguro que días antes, este póster no habría sido más que una curiosidad, pero en ese momento anunciaba la posibilidad de adelantar mi ingreso al mundo de las carreras de obstáculos. Sin embargo, faltaban menos de veinte días, muy pocos para encontrar alguien que quisiera entrarle y la idea de inscribirme solo no me llamaba mucho. Por suerte, en mi creciente interés por la carrera espartana, me había puesto en manos de los instructores de escalada del club para que me ayudaran a que el entrenamiento fuera más efectivo, ya fuera corrigiendo los ejercicios que hacía mal o poniéndome una rutina para los días en que las exigencias del WoD no se pudieran cumplir fácilmente en una ciudad como el Distrito Federal (y créanme que sucede con cierta frecuencia). Esto llevó a que el día de la competencia de escalada, uno de ellos, Adrián, me comentara que una entrenadora personal del Sports World de Patriotismo –al que vamos nosotros- estaba preparando a un grupo de sus pupilos para participar en el Reto Vikingo. Ni tardo ni perezoso, la siguiente semana busqué a la instructora en cuestión llamada Aidé para platicar acerca de la posibilidad de unirme a su equipo. En ese momento sólo conocí al principal organizador y encargado de los trámites de inscripción quien de primera instancia me vio con cara de “¿y este tipo quién es?” pero rápidamente se puso más amable y de hecho le debo en gran medida a él la participación en la carrera. Después de la tramitología necesaria llegamos por fin a la madrugada del 25 de noviembre.

Con pocas horas de descanso, nos levantamos a las cinco de la mañana, nos cubrimos hasta las orejas, preparamos lo necesario para la aventura y nos lanzamos con todo y Croqueta a la plaza Metrópoli Patriotismo donde quedó establecido el punto de encuentro a las seis. Al llegar, todavía a oscuras, me acerqué a la primera persona que pareciera ser, considerando el día, la hora y el lugar, uno de mis futuros compañeros de equipo. Poco a poco fueron llegando los demás a quienes saludaba con absoluta familiaridad a pesar de nunca haberlos visto en mi vida. Incluso tenía la certeza de que muchos de ellos ni siquiera sabían del colado que los iba a acompañar. A final de cuentas, resultó que los únicos dos que conocía fueron los últimos en llegar. Como a eso de las seis y media, partió la caravana hacia la Marquesa.

Cuando llegamos allá, en aproximadamente media hora, nos recibió un espectáculo que algunos considerarían poco esperanzador. En medio de un campo helado que daba la idea de una ligera nevada matinal se erguía un inflable naranja con cuernos de gorro vikingo, indicación de que estábamos en el lugar adecuado. Por ser de los primeros en llegar nos estacionamos en un lugar bastante cercano y emprendimos la expedición para averiguar cómo estaba la organización. Al principio pensamos que Croqueta se iba a congelar pero como ya nos ha demostrado en varias ocasiones, pocas cosas le producen tanta felicidad como un espacio abierto que pueda explorar a sus anchas y muy pronto se volvió la reina del lugar. El siguiente desencanto fue al acercarnos al inflable y darnos cuenta que caía directo a una poza con agua helada. Por suerte el sol se empezaba a asomar detrás de las montañas y a los pocos minutos el hielo de techos y toldos se fue derritiendo. Pasamos al área de registro donde nos dieron la playera oficial, nuestro número (1401 en mi caso) para colgar en la camiseta y el chip que, amarrado a un tenis, marcaría tanto la salida como la llegada a la meta, cuestión de detectar el tiempo exacto de ejecución de la carrera. Justo estábamos en eso cuando se escuchó el disparo de salida del primer grupo de competidores, la oleada de las ocho de la mañana. En la media hora que nos quedaba antes de nuestro arranque aprovechamos para calentar un poco, guardar en el coche lo que no íbamos a utilizar y, ¿por qué no?, conocer aunque fuera de nombre a las personas de playera naranja que me rodeaban.

Se acercó la hora, nosotros a la salida (otro inflable con cuernos que no lograba levantarse adecuadamente dando la idea de un primer obstáculo) y esperamos pacientemente el disparo inicial. A nuestro alrededor teníamos zombies, esqueletos, mujeres guerreras, escoceses morenos en kilt, atletas de gimnasio exhibiendo sus lavaderos abdominales y uno que otro perdido. Nosotros formábamos parte del último grupo.

A las ocho y media en punto, con un arco de salida menos deprimido, sonó el disparo (con lo que se espantó Croqueta) y comenzamos a correr. El recorrido iniciaba con un buen tramo de vereda en subida en donde me di cuenta del ritmo con el que haríamos la carrera: después de un par de centenas de metros por lo menos una cuarta parte de mi equipo bajó la velocidad hasta un poco más que un paseo dominguero. Al poco tiempo, la vereda se separó en dos, por un lado debían ir los que se inscribieron a la carrera de diez kilómetros y por el otro los que seleccionamos la de cinco. El obstáculo inicial para nosotros apareció un poco más delante de donde se volvían a juntar los dos recorridos y consistía en una poza ni muy grande ni muy profunda pero que nos ponía en contacto por primera vez con el agua helada. Mucha gente la tomaba de lado para sólo mojarse un poco los pies lo cual me ocasionó cierta molestia. ¿Para qué demonios pagas una inscripción a una carrera si no la piensas hacer bien? Pero bueno, si los organizadores no ponen suficiente gente en los puntos complicados, están permitiendo cualquier tipo de irregularidad en la competencia. Al poco tiempo llegamos al primer par de muros de madera de aproximadamente tres metros de altura. En el primero no había ningún tipo de ayuda y en el segundo una mísera cuerda. Ahí tuve la oportunidad de hacerme valioso para el equipo al ayudar a todos a pasar por medio del tradicional pie de ladrón. Un poco más adelante encontramos el que, a mi parecer, fue el único punto relativamente retador de la carrera: un lago de unos sesenta metros que, dada la profundidad en ciertas partes, requería de un poco de natación. Nuevamente, el agua estaba helada y aquí sí te tenías que mojar casi completo. Para aquellos que no supieran nadar o de plano se negaran a intentarlo, tenían la opción de seguir por la vereda y saltar una pequeña barrera de troncos encendidos. Sin embargo, por la misma falta de organizadores y voluntarios, la gente pasaba a un lado del fuego o, si eran de los que a un tercio de lago decidían regresar a la orilla (es decir la mayoría), se detenían unos momentos para quitarse el frío en la medida de lo posible. Para mí, el cruce del lago fue, sin duda, la parte más divertida de la carrera, pero cada quién sus gustos. Para cerrar con broche de oro este fragmento, justo a la salida (la buena y verdadera) había otro par de muros en los que ya se había acumulado bastante gente, por lo que ni siquiera teníamos la posibilidad de entrar en calor con un poco de carrera. Era muy entretenido ver a la gente mentar madres y perder el espíritu de compañerismo con los que los acompañaban. Por suerte nosotros traíamos buen relajo y nos mantuvimos con muchos ánimos a lo largo de la competencia. La siguiente etapa estuvo mucho más tranquila pues el camino era de bajada y los pocos obstáculos que encontramos se pasaban sin mayor problema. Al poco tiempo llegamos a la cima de la última colina en donde nos esperaban Laura y Croqueta. De ahí, era sólo cosa de bajar hasta el tobogán naranja, caer en la poza de agua que ya no se sentía tan helada después de lo que habíamos cruzado, un par de obstáculos más que sí requerían de algo de habilidad y fuerza, una última prueba que consistía ya sea en arrastrarte por un lodazal o pasarla corriendo entre unos cables que daban descargas eléctricas. Como la meta estaba a unos escasos diez metros de ahí, ¿quién va a aventarse al lodo? A mí sólo me tocó una de las terminales pero fue suficiente para atontarme el brazo durante un par de segundos, y sin mayor complicación cruzamos la puerta final. Inmediatamente nos recibieron con una medalla, un plátano y una chela, tres premios bien merecidos por terminar una carrera que podría dar para mucho más.

Una vez secos, con quesadillas de hongos, flor de calabaza, quesillo y una taza de café de olla, llegamos a la conclusión que sin ningún problema podríamos haber hecho la ruta de diez kilómetros y que para la próxima ocasión nos aventaríamos a la versión más pesada que se les ocurriera poner.

El balance general fue sin duda positivo, empezando por los nuevos amigos con los que compartí esta curiosa aventura. En cuanto a los resultados, quedé en el lugar 57 general (de aproximadamente 1800 inscritos) con un tiempo de una hora veinticuatro minutos y cincuentaicinco segundos que, considerando el ritmo tan relajado con el que nos aventamos el recorrido, fue bastante respetable. Como preparación a la Spartan Race me parece que lo único realmente útil fue la adaptación a las bajas temperaturas pues las pruebas están muy leves a comparación de lo que me espera el 16 de febrero. Y aunque la organización estuvo deficiente, la señalización poco efectiva y según leí una de las estructuras de madera que se tenían que escalar se vino abajo dejando algunos heridos, no me cabe ni la menor duda de que el 21 de abril estaremos nuevamente en la fría mañana primaveral listos para correr nuestro siguiente Reto Vikingo.