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Spartan Race Valle de Bravo, parte 2: competencia

Deportes - 2013-08-30 20:40:39

Primera parte del relato

Tal como me lo imaginaba, el cansancio de la jornada del sábado fue tal que después de una merecida cena desvaneció cualquier tipo de nerviosismo y caí como piedra. Hasta la mañana siguiente, cuando sonó el despertador a las seis, volví a saber de mí. El ya conocer el camino para llegar a la carrera y más o menos calculado el tiempo que nos iba a tomar me hizo pecar de confiado, lo cual llevó, por un lado, a dejar en la cocina la tapa lateral de la GoPro y, por el otro, que llegáramos casi rayando a la línea de salida. En esta ocasión fue más relajada la espera, incluso los cerca de veinte minutos de retraso en la salida del grupo de las 9:00, el primero del día. Después de todo, era la segunda carrera que hacía y algunas partes del recorrido – las menos – no iban a ser sorpresa.

Así, con la cámara cuidadosamente colocada en la cabeza, cerca de trescientas personas y yo nos preparamos para el ya conocido grito de “arooo, arooo, arooo” (pronunciado como arrú por si quedaba duda) y empezar la segunda edición de la Spartan Race en México.

La intención de este relato no es repetir lo que aparece en mi video “oficial”, pues de entrada no lo acompaña la excelente música que me costó mi primer llamado de atención por parte de Youtube. Al parecer, casi toda la música está protegida, pero mientras no se queje alguna disquera y quiten el video, creo que no está tan grave. Regresando a la carrera, definitivamente estuvo mucho más pesada que la anterior, y no nada más por el incremento de la distancia en más del doble; entre la altura y lo accidentado del terreno, era suficiente para doblegar casi a cualquiera. Aunque logré un ritmo decente, fue algo inferior a lo que podría haber alcanzado con más preparación. En cuanto a los obstáculos, creo que no hay ya mucho conflicto y los que me habían dado problema en la carrera anterior (a excepción del lanzamiento de jabalina) me parecieron mucho más sencillos. Creo que la única anécdota que vale la pena agregar a lo que aparece en el video es algo que me sucedió hacia el final. Por lo general, mi GPS biológico es bastante bueno y logro ubicarme aun sin muchos referentes, pero las diferentes pruebas y las veredas sinuosas me destantearon por completo. Así, al bajar de la que esperaba que fuera la última colina y toparme con un lago, pensé que estaba en un valle diferente del de la salida y que tendría que rodearlo por completo para volver hacia el que conocía. Al no ver donde terminaba pensé que todavía me faltaba un buen tramo. Esto, en principio, habría hecho que el cansancio me desanimara pero sucedió lo contrario. Al ver la otra orilla y calcular la distancia que, pensé, me faltaba por recorrer, mi cuerpo entró en modo automático y me dejé llevar por el ritmo, disfrutando el paisaje a cada paso. Tal vez esto se debió a que el lado oscuro del GPS, sólo visible por el inconsciente, había detectado que me acercaba a territorio conocido y que, por lo tanto, faltaba menos de un kilómetro para llegar a la meta, en un tramo que conocía muy bien por haberlo recorrido algunas veces el día anterior. Así, con la duda de qué obstáculos habrían puesto en este imaginado segundo lago, me topé de pronto con el muro horizontal y el amable grito “vamos, ya falta poco” de los voluntarios que esperaban a sus clientes. Lo crucé sin problema, toqué la campana y, con energía renovada por la agradable noticia, seguí hacia las jabalinas, único posible generador de burpees de los cinco obstáculos restantes. A pesar de haber adquirido algo de técnica en el largo rato que estuve ahí parado el día anterior, no fue suficiente y vi el pedazo de madera con punta metálica pasar a un lado del bloque de paja en donde intentaba clavarlo. Por segunda carrera consecutiva, mi única tanda de castigo fue causada por un pésimo tino en un punto considerablemente cercano a la meta. Después de eso, lo que quedaba era en extremo sencillo. De hecho, lo único desagradable fue llegar a este tramo del recorrido casi sin compañía, pues la encargada de echarle agua lodosa a los competidores tuvo todo el tiempo que quiso para apuntarme con la manguera y dedicarme el chorro completo, principalmente dirigido a la cabeza. Aunque debo reconocer que con el sol en alto y después de más de dos horas de intensa carrera, el agua fría se sintió deliciosa.

Estoy seguro que en varias cavernas y otras expediciones de montañismo le he exigido a mi cuerpo esfuerzos mucho más grandes y prolongados, pero la emoción que me dio cuando me pusieron la medalla y me entregaron la playera de finisher, fue algo nuevo y diferente. No es lo mismo una expedición de varios días acompañado de amigos, compartiendo tanto los placeres como los momentos difíciles (que en muchas ocasiones coinciden), que un esfuerzo individual en el que, por más que sean unos organizadores los que tracen la ruta y coloquen obstáculos adicionales a los que la naturaleza ofrece, te tienes que enfrentar a tus propios límites y redefinirlos para los retos que se presenten en el futuro. En ambos casos, implica un nuevo aprendizaje de lo que estamos dispuestos a hacer y podemos lograr.

Aunque todavía faltan las distancias Beast y Super beast – la primera de ellas a escasos cincuenta días de realizarse en San Luis Potosí – ya me puedo asegurar que se han vuelto parte fundamental de mi vida. La preparación y la disciplina que exigen se han logrado colar, lento pero seguro, en otros ámbitos, aunque todavía falta mucho camino por recorrer.

Para terminar este relato, agrego otra buena sorpresa que anunciaron antes del disparo inicial. Como parte de las carreras espartanas, para julio se esperaba la incursión a la modalidad “estadio”, que hasta esa fecha sólo se habían llevado a cabo en el Fenway Park de Boston y en el Citifield de Nueva York. Aquí, ese honor le correspondería al Estadio Azteca. Es una modalidad muy diferente, pero esa será otra historia.